DESDE BEJAR A CANDELARIO
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Nadie que haya tenido oportunidad de visitar y conocer en profundidad la villa de Candelario puede olvidarla fácilmente. La arquitectura, la naturaleza que la enmarca y el desarrollo humano e industrial de su historia forman un todo plagado de sugerencias y matices que lo convierten en un pueblo único y peculiar. Resulta imposible desligar visualmente a Candelario de su sierra que herida por el hielo oficia de telón de fondo dando lugar a una postal múltiples veces fotografiada. Para defenderse de los vientos gélidos de la montaña y para aprovecharlos, las casas de Candelario cerraban sus puertas con una hoja anterior llamada batipuerta que para muchos no es más que un burladero en la entrada de los hogares del que se valía el matarife para herir de muerte a las reses. Las ventanas correderas se abrían y cerraban para elegir el aire más propicio al secado interior de las piezas de la matanza, jamones, chorizos, ricas viandas del cerdo que, a estas alturas, ya habrá deducido el lector que era el oficio más tradicional de los candelarienses y el que le dio fama en toda España. Era el siglo XVIII y la villa, hasta ese momento ganadera y agrícola como el resto de pueblos de la zona, apuesta por industrializar sus matanzas familiares adquiriendo, los choriceros de Candelario, gran prestigio en el país. Éste llegó hasta tal punto que algunos de ellos se convirtieron en proveedores de la Casa Real en tiempos de Carlos III, como el señor Rico, que inmortalizó en un lienzo costumbrista el pintor Ramón Bayeu.

De esa época y también del siglo XIX, datan buena parte de las casas candelarienses, cuya estructura arquitectónica logró unir los usos industriales con la vivienda, configurando las llamadas casas-fábrica. En ellas destaca su porte de cierta nobleza y sobriedad, edificios de tres o cuatro pisos: la planta baja era el lugar habilitado para el despiece de los cerdos, la tarea de la limpieza y el embutido. Consta de las citadas batipuertas y de grandes ventanales, ambas diseñadas para permitir bien la entrada de la luz. En el primer piso solía situarse la vivienda, bien distribuida buscando siempre la conservación del calor en habitaciones y alcobas y que miraba al exterior a través de ventanas y balcones pequeños. El piso superior era diáfano y se fundía con el llamado sobrao, bajo el tejado. Se usaba como secadero de chorizos y jamones que colgaban de largas vigas de madera y aprovechaban el humo que provenía de la cocina (las antiguas casas de Candelario no tenían chimeneas por ese motivo).

Saliendo de la arquitectura rural percibimos el rumoroso sonido de las regaderas que descienden por las calles principales del pueblo y que se usaban para arrastrar y diluir la sangre de las matanzas en dirección al río. Todo es agua, incluso en verano; innumerables fuentes brotan por doquier y sugieren evocaciones con sus nombres: fuente de Perales, fuente de La Romana, fuente de la Cruz de Piedra...Si el visitante aun no se ha saciado puede entrar en la iglesia de la Asunción, erigida en la parte superior del pueblo como sobre un trono, de su exterior destacamos el bello rosetón gótico de la fachada oeste y en el interior una techumbre mudejar, muy colorista y estrellada, que es uno de las mayores joyas del templo.

 
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